La muerte de Ana García Romero no ha sido solo una despedida: ha sido un golpe seco que ha sacudido conciencias y ha dejado al descubierto, una vez más, la condición humana en su estado más crudo. Porque cuando alguien se está yendo —cuando la vida se apaga lentamente en una habitación de hospital— no solo se mide la fortaleza de quien lucha, sino también la altura moral de quienes le rodean.
Ana se ha ido tras una enfermedad larga y dura, peleada con uñas y dientes. No se rindió nunca. Preguntaba, exigía, buscaba soluciones como quien se aferra a cada segundo. Incluso en los momentos más difíciles, seguía siendo ella: incómoda, valiente, combativa. “la gente me dice que me dé de baja y yo les digo que lo hare cuando me saquéis de casa con los pies por delante”, decía. Y no dejó de hacerlo hasta casi el final, porque trabajar era su medicina, era su ilusión y su proyecto por el que no se podía ir, creo que pensaba que escribir era la última forma de resistirse a la muerte. Su historia profesional es la de una periodista hecha a sí misma. Formada en el colegio Santa Ana, de Sevilla en su barrio de Los Remedios, estuvo matriculada por expreso deseo de su madre, en farmacia y físicas, pero se licencio en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Cursó el máster de ABC donde encontró el impulso definitivo para dedicarse a una profesión que ya no soltaría. Desarrolló su trayectoria profesional en cabeceras como ABC de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario de Sevilla y El Mundo. En La Otra Crónica (LOC) firmó temas y reportajes que alcanzaron una notable repercusión tanto a nivel nacional como internacional.
En ocasiones participaba de las tertulias de Canal Sur y atendía a su blog ‘El Balconcito’
Se movía con soltura en la crónica social y de espectáculos, un terreno donde el rigor no siempre abunda. Ella lo mantuvo. Sin estridencias, sin concesiones al sensacionalismo. Podía publicar un concierto, una boda o un evento aristocrático con la misma precisión y respeto. Siempre periodismo.
Ana no era fácil, ni pretendía serlo. Decía lo que pensaba, sin filtros, aunque incomodara. Y esa honestidad, en vida, a menudo pasa factura. Pero quien lograba acercarse descubría a una mujer con un corazón inmenso, mucho más grande de lo que dejaba ver
El rumbo de su vida dio un giro inesperado aquel día en que salió a ver las carretas de regreso del Rocío. Fue entonces cuando, tras el empujón de un caballo todo cambió. Lo que en un primer momento vivió con enfado terminó convirtiéndose en una revelación decisiva: aquel accidente permitió descubrir la enfermedad que marcaría sus últimos 4 años de vida. Con el paso del tiempo, llegó incluso a mirarlo con gratitud, convencida de que, sin aquel episodio, el diagnóstico habría llegado demasiado tarde.
Y mientras la enfermedad avanzaba, ella seguía viviendo. Disfrutando de la Semana Santa de Sevilla y de Cádiz procesionando con su amado Cristo del Amor que ahora la acoge bajo su manto, de la Feria de Sevilla de los carnavales de Cádiz, de los amigos, de los grandes y pequeños placeres, como esos gallos fritos o esos helados de avellana y de nata de los italianos. Como si supiera —quizá lo sabía— que cada instante contaba.
Pero hay algo que no se puede ignorar. Mientras Ana se apagaba, alrededor surgía ese ruido tan humano y tan poco noble: opiniones no pedidas, decisiones ajenas, presencias interesadas. Incluso, en algunos casos, miradas puestas en lo que vendría después. Como si la muerte no fuera un final íntimo, sino un escenario público donde todos creen tener derecho a intervenir.
Y luego, el silencio. Y después, los elogios.
De pronto, la mujer incómoda se convierte en encantadora. La protestona, en entrañable. Todo se suaviza, todo se embellece. Decimos de los muertos lo que muchas veces no dijimos en vida. Como si la muerte limpiara las incomodidades y nos permitiera reconstruir a la persona a nuestra medida.
Pero Ana no era una versión edulcorada. Con sus luces y sus sombras, Era real. con su carácter y su ternura escondida. Y quizá lo más honesto sea recordarla así, sin maquillajes, sin ese filtro complaciente que aplicamos cuando ya no hay réplica posible.
Su muerte duele. Duele de verdad. No solo por la pérdida de una periodista valiosa, sino por lo que deja al descubierto en quienes seguimos aquí. Porque frente a la muerte ajena, a menudo llegamos tarde: tarde para comprender, tarde para valorar, tarde para ser justos.
Ana se ha ido. Y en su marcha queda una verdad incómoda flotando en el aire: no sabemos estar a la altura de los vivos, pero nos esforzamos en parecerlo cuando ya no están.
Descansa en paz “Guapita”




