Hay personajes que no nacen, se fabrican. Se pulen, se editan y sobre todo se fotografían. Mucho. Con todo el mundo. Preferiblemente con quien tenga despacho, cargo o presupuesto.
En Sevilla, donde la elegancia siempre fue “discreta”, ha surgido una nueva aristocracia: la del posado institucional. No hacen falta títulos ni apellidos ilustres; basta con un buen ángulo, una agenda hábil y cierta habilidad para deslizarse entre cócteles, casetas y despachos como quien no quiere la cosa… pero queriendo mucho.
Lo verdaderamente admirable no es llegar, sino mantenerse. Y mantenerse, en algunos casos, consiste en convertir cualquier espacio —tradicional, íntimo, incluso devocional— en una oportunidad. Porque donde antes había convivencia, ahora cabe una “experiencia”. Donde había hermanos, ahora hay clientes. Y donde había puertas abiertas, ahora hay listas… y tarifas.
Y en ese ecosistema perfectamente engrasado, siempre aparece quien entiende antes que nadie dónde está el margen: en el hotel que no solo aloja, sino que “experiencia”; en la caseta que ya no acoge, sino que filtra; en la entrada que deja de ser gesto de pertenencia para convertirse en moneda. Todo con una naturalidad asombrosa, como si no hubiera transición entre lo compartido y lo tarifado. Porque el verdadero negocio no está en lo que se ofrece, sino en haber encontrado la forma de convertir lo de todos en un circuito privado sin que parezca, en apariencia, más que una mejora bien gestionada.
Todo, por supuesto, en nombre de una causa mayor. Siempre hay una causa mayor. Tan mayor que lo explica todo sin explicarlo demasiado.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie —ese que aún cree que ciertas cosas no tienen precio— observa cómo se profesionaliza lo que antes era espontáneo. Cómo se empaqueta lo que era de todos. Y cómo algunos logran estar siempre en la foto… sin que nadie tenga muy claro exactamente por qué.
Quizá el verdadero talento no esté en hacer, sino en parecer. En parecer imprescindible. En parecer cercano. En parecer… lo que haga falta en cada momento.
Y por si faltara algo para completar el retrato, ahí está también el episodio de las viviendas en la aldea. Un asunto turbio, de esos que nadie termina de explicar del todo pero que todos conocen a medias. Familias que hablan de derechos, documentos que parecen no coincidir y una sensación general de que, una vez más, lo que debería ser claro acaba envuelto en una niebla muy conveniente. Oficialmente, todo se remonta a tiempos anteriores, a terceros, a decisiones heredadas. Extraoficialmente, queda esa incomodidad persistente: la de comprobar que, cuando hay patrimonio de por medio, la transparencia suele diluirse con una facilidad pasmosa. Y mientras unos intentan aclarar qué es suyo, otros siguen gestionando, organizando y, por supuesto, apareciendo en la foto como si nada tuviera que ver con ellos.
Y así, entre palmas, farolillos y acreditaciones, el que fuera “Príncipe” sigue su recorrido. Sin corona, pero con cámara. Sin reino, pero con contactos.
Y eso, en los tiempos que corren, vale más que cualquier título.


